El sonido de los cubiertos contra la porcelana en el Grand Palace era lo único que interrumpía la música de violín. El millonario, un hombre acostumbrado a controlar cada detalle de su imperio, estaba a punto de llevarse a la boca un bocado de su risotto de trufa cuando un bulto pequeño y veloz se abalanzó sobre su mesa.
Fue cuestión de milisegundos. El niño, cubierto de hollín y con harapos que le colgaban de los hombros, tiró el plato al suelo con una furia desesperada. Antes de que el millonario pudiera reaccionar, dos guardaespaldas vestidos de negro ya habían inmovilizado al pequeño, presionando su rostro contra la alfombra.
—¡Es una rata! —bramó el jefe de seguridad—. ¡Señor, lo sacaremos de aquí de inmediato!
—¡No, espere! —gritó el niño, luchando por girar la cabeza—. ¡No coma eso! ¡Está envenenado! ¡La mujer de la mesa del fondo lo puso en su bebida y en su comida!
El millonario, con el pulso acelerado, miró hacia el fondo del restaurante. Allí, en un rincón oscuro, una mujer con un sombrero de ala ancha y gafas de sol oscuras se levantaba con calma. Al cruzar la mirada con el magnate, una sonrisa gélida se dibujó en sus labios. Ella no huyó; simplemente se ajustó los guantes de seda, dejó un fajo de billetes sobre la mesa y salió del restaurante con una elegancia que resultaba aterradora.
El millonario, empalidecido, hizo una seña a sus hombres para que soltaran al niño. Se acercó a la mesa y, con una servilleta, examinó los restos del risotto esparcidos por el suelo. Un brillo iridiscente, casi invisible a simple vista, cubría la carne. Era cianuro de acción rápida, diseñado para no dejar rastro.
—¿Quién eres tú? —preguntó el millonario, bajando la voz y acercándose al pequeño—. ¿Cómo sabías lo que ella iba a hacer?
El niño, temblando pero con los ojos llenos de una determinación impropia de su edad, sacó un teléfono móvil desgastado de su bolsillo y le mostró una serie de fotografías: la mujer con gafas de sol reunida con los socios más cercanos del magnate en un almacén abandonado.
—Esa mujer… —susurró el niño— es la misma que mató a mi padre cuando él descubrió que ella estaba desmantelando su empresa desde adentro. Ella no solo quería tu dinero; ella quería ser la dueña absoluta de todo lo que tú construiste. Y tú eras el único obstáculo que le quedaba en el camino.
El ambiente en el restaurante se volvió irrespirable. La mujer de las gafas no era una desconocida; era la socia que él mismo había ascendido hace apenas un mes, la mujer a la que le había confiado su testamento y las llaves de su seguridad.
El magnate miró hacia la puerta por donde ella había salido. Comprendió que la guerra no estaba afuera, sino dentro de su propia oficina. Se giró hacia el niño, quien ahora sostenía la vida de un hombre multimillonario en sus pequeñas manos sucias.
—Si ella te ve conmigo —dijo el magnate, recuperando su aplomo de estratega—, serás su próximo objetivo. Pero si te quedas a mi lado, seremos los únicos que conoceremos su próximo movimiento.
El niño asintió, secándose una lágrima con la manga. Había salvado la vida del hombre más poderoso de la ciudad, sin saber que, al hacerlo, se había convertido en el único aliado real de un hombre que ahora no podía confiar ni en su propia sombra.
¿Quién crees que es realmente esa mujer y qué otros secretos oscuros está escondiendo en el imperio del millonario que podrían destruirlo todo?